sábado, 23 de abril de 2016

Un domingo

Son las siete y media de la mañana, estoy trabajando desde las cuatro en transcribir conceptos dramáticos que se intentan alejar cada vez más del drama, pero siguen “mareando la perdiz” con el “ser o no ser” del drama.
Veo amanecer por la ventana, un pajarillo se posa sobre el balcón, pienso en lo bucólico del paisaje mientras otro pajarillo se azota contra el que estaba en el balcón y ambos caen al vacío, supongo que están bien, para eso tienen alas ¿no? para tener el privilegio de aventarse temerosos al vacío y poder levantar el vuelo antes de tocar con sus alas el piso.
Mi hija y su padre duermen en la habitación, espero escuchar el primer llantito de Alea para tener el pretexto de dejar el trabajo y volver a acurrucarme con ellos en la cama.
De vez en cuando estiro las piernas, pienso en que Fabiola está cruzando en un avión el charco, emprendiendo la aventura que yo misma hice hace cinco años, qué emoción.
También pienso en que es domingo y que quizá en otros años estaría apenas volviendo a casa, tropezando me arrastraría hasta mi cama para comenzar a dormir el domingo entero, qué nostalgia y qué alivio no tener que despertar otra vez a la resaca.
(Falsa alarma, apagué la luz del escritorio y tomé el último texto de Pavis para intentar leerlo en la cama junto a ella, pero no era cierto, al llegar estaba de nuevo quieta, pegada a su padre como una pequeña joroba de quita y pon, oportunidad perdida de volver al útero)
Es domingo.
Para desestresarme de tanta teoría teatral me meto al feisbuc y leo que Arit a quien no conozco personalmente, pero virtualmente quiero creer que un poco, está harta de estar ahí, en el feis.
Me gustan sus publicaciones, aguerridas, se enoja, lo dice, trata de ser “buena” en los términos que nos enseñaron, en los que sabemos y me atrevo a hablar en plural porque, aunque la imagino mucho más joven que yo, la leo compañera generacional, todavía hijas de ese pensamiento de hippie trasnochado al que no hemos sabido despedir.
Perdóname Arit por incluirte en mis asquerosas generalizaciones, es sólo que te leo y cuando lo hago pienso que no estamos solos, que hay otros como uno que todavía cree -a la antigüita- que todavía hay esperanza, que esas horribles teorías de la conspiración no son ciertas y que el futuro depende de nosotros.
Y quiero creerlo, me urge creerlo, porque sé que también compartimos el tener hijos, junto a la angustia de un futuro que nos excede por mucho.
Y no tenemos más que eso, la fuerza de nuestra palabra, de nuestras pequeñas batallas virtuales y burguesas y por lo menos ahí, que sepas que no estás sola, que somos muchas y que, aunque mañana ya no compartamos ideas, hoy nos encontramos en tu noche de sábado y mi mañana de domingo para leernos, para sabernos, para decir que un día, una y otra “caminó detrás de sus palabras”.
Es domingo aquí ya y yo tengo que volver a las estructuras dramáticas o a las pequeñas manos de Alea…


lunes, 11 de abril de 2016

Sobre la violencia

Pensar en la violencia hacia las mujeres en México, en la violencia en general, es -sin lugar a dudas- remitirse a pensar ¿qué está haciendo esta sociedad con sus niñas y niños para generar adultos que actúan con tanta saña, tanto dolor, tanto odio? 
No se trata de mirar solamente al adulto agresor que puede perfectamente no generarnos ninguna empatía, sino imaginarse al niño abandonado, sometido, maltratado, violentado que fue antes. 
Antes de encarnar todo nuestro rechazo, ese adulto fue un niño al que le fallamos todos, cada uno de nosotros. Ese niño fue nuestro vecino al que preferimos ignorar cuando escuchábamos que le pegaban sus padres hasta el cansancio, pensando que era mejor no meterse. Era el niño que nos limpia los zapatos con total naturalidad, al que sabemos que estamos explotando y que no tiene ninguna garantía de un porvenir por lo menos digno. Es la niña a la que educamos como princesa desprovista de herramientas necesarias para defenderse con fuerza de la furia que le espera allá afuera. Son todos nuestros niños a los que hemos abandonado, a los que hemos maleducado imponiéndole ejemplos de corrupción, de valemadrismo, de “no me meto, porque no es mi pedo”, de…
La violencia no se trata de ricos o pobres -aunque los factores económicos influyen en los números y estadísticas de las campañas y los recursos retóricos de los políticos-, la violencia se trata de soledad, de desamor, de infortunio. Se trata de noticias de padres que llevaban a sus niños en la moto y los mataron imprudencialmente al derraparse en un accidente, que se quedaron encerrados en la casa y murieron quemados, de ser uno de los siete hijos de una familia a la que no le alcanza para las tortillas; pero se trata también de los huérfanos del dinero, a los que la doble moral de este país les ha hecho creer que la vida de los otros no vale la pena, a los que se criaron con la servidumbre y sus padres no los voltearon a ver hasta que ya fue demasiado tarde. Se trata del infortunio, de la buena o mala suerte del lugar y las personas con las que te tocó nacer, un poco como el designio trágico de los héroes griegos, “ya se veía venir y nadie podía hacer nada para evitarlo” …
Pero en este país tenemos la vocación de siempre echarle la culpa al otro y no mirar “la viga en el ojo nuestro”; será entonces la culpa del gobierno, de los padres del violador, de no rezar…
Mientras tanto seguimos cosechando los futuros narcos, políticos, princesas, machos, conductores de Televisa o como decían las madres de un reconocido colegio privado de mi bello estado de Chiapas en un festival del día del maestro “gracias por educar a los futuros líderes de este estado”.
Mientras tanto la violencia no toca a la puerta de alguno de nosotros sigamos pensando que no es responsabilidad nuestra y que es de alguien más, quizá sea la única forma de poder dormir tranquilos pensando que por esta noche todo irá bien.

martes, 8 de diciembre de 2015

Divagaciones educativas

Yo no entiendo la verdad a toda esa gente que quiere seguir pensando que el problema en México en  este momento se llama sólo reforma “educativa”.
Gente que acostumbrada a la evasión quiere olvidar que enfrentamos momentos en que no podemos hablar de que en México exista para la mayoría una verdadera “calidad de vida” y ojo esto no debe confundirse con nivel de consumo.
La calidad de vida es algo que sólo conocen los pocos muy ricos de este país.
La realidad aquí es que no existe equidad ni política, ni económica, ni de impartición de justicia.
Todos sabemos que en México la justicia se aplica únicamente para quien no tiene dinero o “conectes”.
Todos sabemos que no se necesita ser sabio para darse cuenta de que en México la democracia es una caricatura al servicio de partidos políticos que se alternan la silla presidencial sin verdaderas intenciones de bienestar social para el pueblo, que no reparan en cambiarse de un partido a otro, de un día para otro.
Tampoco hay que ponerle mucha cabeza para darse cuenta que desde hace por lo menos tres periodos electorales el pueblo ha tenido que aceptar que las oligarquías económicas y políticas decidan quién va a gobernar, le han arrebatado al pueblo sus derechos en fraudes electorales, guerras sucias mediáticas y demás artimañas que sólo son posibles en un país que no tiene una formación histórica y política sólida para poder ubicar que todo esto es –incluso- bizarro.
¿Alternancia? Nos dio igual, tuvimos que pagar nosotros la condonación de la deuda que “papá” gobierno le aprobó a la banca (Fobaproa), hace ya un tiempo, a pesar de que había también entonces muchos “piojosos” inconformes a los que no les valió de nada manifestarse, claro eran los menos, “bola de revoltosos” “que se pongan a trabajar”.
Así como también ceder el paso franco que se le dio en otro momento a países con mayor infraestructura para enfrentar un Libre Comercio que le convenía más al vecino y no a nosotros.
¿Y acaso podemos decir que dicha alternancia ha servido de algo?
“Durante los años de la Administración Calderón el crimen se incrementó de forma alarmante, hasta el punto de que México llegó a ocupar el quinto lugar mundial de países con mayores índices de delincuencia organizada y el decimotercer lugar en el ranking en delitos de orden común, hecho que significó que uno de cada cuatro mexicanos pudiera ser víctima de un crimen al año. A pesar de que los recursos asignados a la Secretaría de Seguridad Pública se multiplicaron y después de que la Administración  de Felipe Calderón declarara que la prioridad de su mandato era la seguridad y la “guerra contra el narco”, las violaciones a los derechos humanos se incrementaron de forma exponencial.
En un sexenio, la violencia, asociada al crimen organizado, dejó una estela de víctimas: más de 65,000 personas asesinadas, constantes violaciones a los derechos humanos, pérdidas de inversión, corrupción, impunidad y un clima de miedo, terror y desconfianza entre la sociedad. Todo ello sumado al vacío de la autoridad federal. A raíz de lo expuesto, durante el último año de la Administración de Felipe Calderón  los 32 estados que componen la Federación Mexicana sufrieron una severa metástasis provocada por la violencia ligada al tráfico de narcóticos (pero también al tráfico de personas) hacia Estados Unidos. Según diversos informes, a principios de 2011, 13 de las 50 ciudades más peligrosas del mundo eran mexicanas.”[1]

¿Cuál estabilidad? Familias desintegradas porque los mexicanos siguen migrando a Estados Unidos en busca de una mejor calidad de vida que no encuentran aquí, presos de una anarquía delictiva que nos mantiene en estado de sitio permanente en nuestro propio país, porque todos aceptamos que “por seguridad” debemos estar en casa temprano, no subirnos a taxis porque son riesgosos, no caminar solos, no confiar en extraños, en la policía tampoco porque la vox populi dice que a falta de buenos sueldos y amenazas ya están también del lado de “los malos”…
Y bueno… ¿no todo eso era el trabajo de lo que se da por llamar gobierno o Estado?
Tenemos más de dos décadas exigiendo justicia por las muertas de Juárez, una cantidad impresionante de feminicidios que “el gobierno” es incapaz de resolver a pesar de haber recibido ya informes de Amnistía Internacional en donde se pone en evidencia la responsabilidad del narco y los mismos cuerpos policiacos.
Pero al narco el gobierno no puede hacerle frente, a los maestros sí.
Vaya pero qué cosa, haciendo un balance de todo esto resulta que mientras los mexicanos están trabajando y pagando “no pocos” impuestos para que el Estado se encargue de mejorar sus condiciones de vida, el balance general arroja que en todo salimos mal parados porque los encargados de esto, no hicieron su trabajo.
Y a ellos entonces ¿no hay que pedirles rendición de cuentas? ¿No hay que evaluarlos?
No sé en qué momento nos hicieron creer a los mexicano que no tenemos derecho a exigirle al “patrón”, quizá porque probablemente no hemos superado ideológicamente 500 años de dominación, así que ahora puede no ser española pero sí priista, perredista, chivista, cocacolista, televisiva y/o cualquier nombre que se le pueda poner a los distintos YUGOS a los que aceptamos voluntariamente someternos, sin terminar de entender que los patrones somos NOSOTROS.
Habría quizá que revisar de nuevo ese ensayito de Paz sobre el carácter del mexicano en el Laberinto de la soledad, parece ser que el concepto de “la chingada” no lo terminamos de asimilar, ni entender, en consecuencia: de superar.
Hemos librado una batalla para bajar del altar a dioses arcaicos, para subir en los mismos a la nueva figura todopoderosa, la que nos dice cómo vestir, cómo hablar, qué pensar a quién odiar, etc. etc. “Televisa y TV Azteca concentran el 88 por ciento de las concesiones de la televisión abierta; tienen el 51 por ciento de todos los canales espejo de televisión digital; acaparan el 94,4 por ciento de la audiencia televisiva; controlan el 58 por ciento del total de la inversión publicitaria en México (Asociación Mexicana de Derecho a la Información, AMEDI, 2012).”[2]
Y eso no quiere decir que defienda que en educación estamos muy bien, por el contrario, concuerdo con que la situación está por los suelos, pero no es un problema que sólo deba atribuirse a uno de los actores que intervienen en los procesos de la enseñanza.
Hace un tiempo cuando –por estrategia política- se cambió el criterio de avaluación que anteriormente era de 0 a 10  y después de  5 a 10, recuerdo fuertes discusiones de los maestros hacia dentro del sindicato oponiéndose a que esto se aplicara, (eran los inicios ya de una reforma “educativa”) fundamentalmente porque era una estrategia que buscaba incrementar los números de egresados, no así el de su calidad educativa, pero entonces no supe de padres de familia preocupados por esto, por el contrario, mientras “sus hijitos” pasaran con un seis mejor para ellos, no se hablaba entonces de aprender sino de acreditar.
Muy bien, hablemos de educación, pero desde lo que corresponde a cada quien, en la educación interviene el alumno, el maestro, los padres, la administración, las políticas educativas, etc. etc.
Hablemos de educación, pero verdaderamente, no sólo con los discursos baratos, limitados y convenencieros con los que se trata de poner a los maestros como los buenos o los malos; esto compañeros míos es la realidad, no una telenovela donde los estereotipos sí funcionan así.
Ahora me ha dado mucha risa que el cuestionamiento sea el por qué los maestros ganen diez o doce mil pesos, y ahí están todos los que no ganan eso peleando, haciendo lo que más les gusta a los “verdaderamente” ricos, vernos desde sus cómodos asientos, como aquellos emperadores veían en los circos romanos pelear a los gladiadores para su divertimento.
¿No el punto aquí debería ser que todos ganaran por lo menos eso?
¿Qué el problema de México en este momento se llama “reforma” educativa”?
Jajaja no señores y señoras se llama CONCIENCIA.
A mí, en realidad no me preocupan tanto los gobiernos, lo he dicho muchas veces, sino los pueblos que los sostienen porque a final de cuentas son su reflejo.
El gobierno con su aparato mediador y ejecutor ha perseguido desde hace tiempo que la educación en este país sea sólo demagogia, porque a final de cuentas lo que se ha buscado siempre desde quienes detentan el poder es que el pueblo se hunda en la ignorancia para poder tener un ejército de consumo que los mantenga muy cómodamente y hemos caído en el juego.
¿No basta con que hayamos aparecido en uno de los últimos estudios como el país más ignorante del mundo?
EL PAÍS MÁS IGNORANTE DEL MUNDO, SÍ, ASÍ ES.
Y esta ignorancia no tiene que ver con los resultados que se nos presentan de egresados de escuelas superiores públicas y privadas, eso en el fondo lo sabemos todos, los títulos en este país, sólo sirven como un soporte físico para adornar las salas familiares, humillar a los que no los tienen y justificar la pelea por un puesto de trabajo “patito” igual que el título.
¿A quién le importa en ese contexto la educación verdaderamente?
La educación transforma, de raíz, un lector se demuestra en lo que hace, piensa, escribe, vive.
La verdadera educación no necesita títulos.
Ahora bien,  volvamos, que ¿estamos mal en educación?
Sí, muy mal. Pero porque el sistema desde arriba funciona mal, los maestros fuimos mal educados por sistemas que buscaban desde antes NO EDUCAR.
Si revisamos con un poco de lógica no estamos canalizando bien la ira, nos han echado a pelear entre nosotros, para que no distingamos a donde se tiene que ver para buscar las razones de estos resultados y hemos vuelto a caer.
El dedo acusador del brazo que mece muchas veces la cuna, el de los medios de comunicación, es quien señala, acusa  y alienta la ira del pueblo contra el magisterio, y seguimos picando a sabiendas de que se ha demostrado que reciben dinero del sistema en el poder para vendernos mentiras, discursos dictados, en un país sin ley, sin democracia, en un país en donde decir las cosas implica que aparezcas en la lista de muertos colaterales por la guerra contra el narco, la macro fosa común adonde van a parar todos los que ya no importa de dónde venían, si del 132, los 43, llámese como se llame.
Pero seguimos picando ante los señalamientos de los periodistas chayoteros que incitan al odio contra -a final de cuentas- el último bastión de la resistencia sindical de este país.
No intento con esto evadir que los sindicatos están amafiados desde hace mucho tiempo, ni que los recursos de los gremios magisteriales en su lucha sean muy poco acertados. Sobre eso habrá que discutir mucho para sanear cánceres.
Lo que pretendo es ver en perspectiva y ubicar que en términos generales el país está muy mal y la prioridad no está en atacar a los maestros, para ello antes tendríamos todos que revisarnos e identificar nuestra participación cotidiana en los ejercicios corruptos que se han convertido en una práctica cultural cotidiana, a eso creo es a lo que más le tenemos miedo, porque en el fondo lo sabemos y hay un desasosiego terrible de ver a  la cara al monstruo en el que nos hemos convertido, asumir que somos todos los responsables de que esto vaya tan mal, así que preferimos señalar al otro.
Pero no señalamos al otro poderoso que nos jode desde arriba, al bonito de la tele, a la cara pintada de la revista; señalamos al jodido del pueblo igual que nosotros, porque así nos lo dice el periodista chayotero que tiene que ser.



[1] MARTÍ, S. (2012) ¿Adónde chingados va México? Un análisis político y socioeconómico de dos sexenios (2000-2012). Madrid. CATARATA. (p.15)

[2] Op.cit. p.37.

martes, 16 de septiembre de 2014

Una historia de amor. Primera parte.

Hoy hace seis meses que le dije a Luis que sí…que tomaba la decisión consciente de caminar juntos, era un 16 de marzo y estábamos en Cáceres, viajando por Extremadura, pero nuestra historia no comenzó ahí…

Lo primero de nosotros que se encontró fueron nuestras letras…

Desde que llegué a España me inscribí a las páginas de internet para conocer gente, -había que divertirse un poco en medio de laboriosas actividades académicas-, uno puede en estos medios pasarse mucho tiempo aprendiendo cosas, entendiendo las dinámicas de la virtualidad; somos como habitantes de una pecera, los habemos -como en la vida real-, de todas las formas, tamaños y colores, con todas las diversas, extrañas e interesantes intenciones.

 Mi premisa era sencilla: si alguien como yo está aquí, habrá otro loco y desadaptado buscando…

Aprender a nadar en estas aguas tenía que ver con buscar las formas más propicias para no ser comida de tiburones o convertirse de un día para otro en cardumen, había que sortear muchas rémoras y aprender a aguzar la vista ante la posibilidad de encontrar tesoros escondidos entre las algas… 

Había para entonces organizado algunas estrategias para sortear a las rémoras y cuando alguien me abordaba soltaba una retórica pregunta trampa, dependiendo de la respuesta aquello podía avanzar o morir ahí mismo.

Un día de mediados de octubre del año pasado un duende me abordó, sorteó muy bien la prueba y poco a poquito, de manera sigilosa, tenue, juguetona se fue acomodando en mi cotidianidad. 

Platicamos durante muchas noches, me parecía agudo en sus apreciaciones, pero frecuentemente deslenguado, es como si no tuviera sensores de lo propio o impropio, pero siempre su inteligencia superaba a su desconocimiento de lo políticamente correcto, era como estar hablando con un niño ajeno a los convencionalismos.
Un día me dijo: ¿sabes que ya estoy enamorado de ti?
Yo le dije que eso era tonto, que no podía ser, que ni siquiera sabíamos de nosotros más que lo que unas fotos nos mentían de uno y de otro y él me contestó: -Claro se me olvidaba que tienes que olerme para que la parte de tu instinto me apruebe o me descalifique, vale lo entiendo, no lo diré hasta que me hayas olido.

 La primera vez que lo vi en persona habíamos quedado en mitad del camino, a la salida del metro Infanta Sofía, en la última estación de la línea 10, en San Sebastián de los Reyes.
Cuando iba subiendo las escaleras, había un hombre bajito, barbón, fumando y le preguntaba algo al guardia del metro, pensé: ojalá sea ése, nunca me gustaron los hombres bajitos, pero él me parecía guapísimo.
Cuando me vio no dudó un instante, fue hacia mí y me abrazó, yo creí que era un acto muy impertinente abordar así, de pronto, mi espacio vital.
Me sentí incómoda, invadida, él no se dio por aludido, sólo confesó abiertamente que estaba muy nervioso.

 Fuimos a tomar un café al bar más cercano a la estación y a mí me revolvieron dos sensaciones simultáneas, por una parte una tranquilidad muy grande, me hacía sentir cómoda hablar con él y por otra parte me daba intranquilidad su franqueza que resultaba en ganas de salir corriendo.

-¿Y bien? ¿He superado la prueba del olfato y la vista o no volverás a querer quedar de nuevo conmigo?
Yo no sabía qué contestar, seguía invadida por la ambigüedad de las dos sensaciones que me había provocado, así que le dije que tenía un ensayo y tenía que irme, me ayudó un poco con una tarea sobre Helena de Troya que debía entregar esa misma tarde y luego me fue a dejar de nueva cuenta al metro.
 -¿Cómo te sientes? Le pregunté.
 -Genial, me contestó. Si yo ya sabía que estaba enamorado de ti, que sólo cuando te viera cobrar forma al salir de la estación del metro, supiera que existes y que estás aquí, yo ya no necesitaba nada más.
Bueno... quizá sí, una cosa más, para saber que fue la cita perfecta.

Yo ya sabía lo que me pediría antes de que lo dijera, así que me lo pregunté yo antes.

Tenía esa mirada tramposa de gatillo abandonado, sus hermosos ojos verdes, su sonrisa de niño debajo de una barba que se había dejado crecer porque yo le dije que me gustaban los hombres barbones.

Y me contesté: ¿por qué no?

¿Un beso?

Es un extraño personaje extraño, pero quiero dárselo y no volver a verlo jamás.

Salir corriendo por las escaleras del metro, huir y no volver atrás…

Un beso.



martes, 19 de agosto de 2014

40 aniversario de bodas de Boris y Conchita








Ella
Nació del rapto de Juana una niña de catorce años en el
valle del mezquital, Hidalgo.
Serafín, su padre, se las llevó a las montañas en donde nacieron
dos hermanos suyos más.
Su infancia –como la de muchos niños mexicanos- transcurrió
entre la pobreza, el hambre y el infortunio. Su madre tuvo a lo largo de su
vida catorce hijos, algunos vivieron, otros no.
Ella supo desde pequeña que tenía que buscar su lugar, que
no quería casarse para no repetir la historia. Quería ayudar al mundo y la
única opción para una chica sin muchos recursos fue la iglesia.
Mi madre fue once años religiosa. Supo de ahí la verdad sobre
el bien y el mal.
Después de muchos votos temporales, tenía que tomar la
decisión de aceptar el voto perpetuo y pensó que la verdad en ese lugar no era
la que había imaginado.
Dejó los hábitos y viajó del convento en Tierra Blanca,
Veracruz a la Ciudad de México en donde vivía la abuela Juana con su nuevo
marido y cuatro hermanos más.
Se fue bajo amenaza de ser candidata ideal a solterona, con
veintinueve años encima y sin saber mucho de la vida allá afuera, caminó de
nueva cuenta pensando que quizá tener una familia y una casa no le parecían una
mala idea.
Él
La abuela Consuelo era tapatía, bellísima y brava como las
de esa tierra. Cuando conoció a Ernesto, un electricista,  llevaba consigo a tres hijos mayores y junto a
él tuvo dos chicos y dos chicas.
La niñez de mi padre transcurrió entre las calles pedregosas
de Santa Úrsula Coapa en la Ciudad de México. Tampoco había mucho qué comer, y
él se ganaba algunos pesos acarreando agua.
Su infancia fue como la de muchos niños de barrio, entre las
historias cotidianas que crecieron junto a los compañeros de cuadra.
Le hubiera gustado ser futbolista y nos cuenta que nunca
pensó que terminaría una carrera profesional.

Cuando los caminos se cruzaron…
Conchita volvía a la casa de la abuela Juana que vivía por
el estadio Azteca, la alentaba que estaría Mary ahí, la hermana que siempre….siempre
la había seguido aún al convento y Beto, su hermano que de pequeño la abuela había
encomendado al cuidado de unos parientes lejanos y cuando se lo devolvieron
tenía tuberculosis, era luminoso y aun atado a una cama y a un tanque de
oxígeno se ganaba la vida reparando cosas desde su cama.
Mi padre vivía enfrente y visitaba con los de su pandilla al
tío Beto a su cama donde jugaban alguna partida y bromeaban, para entonces estudiaba
en la facultad de economía de la Universidad Autónoma de México, eran los finales
de los sesenta, no había forma de que mi padre escapara de ser un marxista.
En algún momento comenzaron a platicar en el pasillo, mi
madre nos contaba que a ella sí le gustaba, pero que pensaba que no había
oportunidad, porque al terminar de conversar, él entraba a su casa, se ponía su
chamarra y se iba a ver a la novia.
Así que ella aceptó a un pretendiente cualquiera y cuando vino
el reclamo, ella desconcertada dijo que no entendía el por qué si él tenía
novia.
-Ah ¿es por eso? contestó él y enseguida volaron las cabezas
de los otros y comenzó su historia.
Dice mi madre que entonces se hablaban de usted.
En algún momento, sin que hubiera pasado mucho tiempo, la
historia llegó a oídos de los demás, pero no todos podían ver con buenos ojos
estos encuentros.
Tiempo atrás, la historia de las familias se había
entrelazado por cuestiones territoriales y su encuentro no había sido para nada
favorable. Eran vecinos, pero sus desencuentros eran frecuentes, incluso las
citas al juzgado era el pan de cada día.
Cuando la abuela Consuelo se enteró del conato de idilio fue
a hablar con la abuela Juana a exigirle que promoviera que esa relación no
continuara por el bien de todos.
Así que a mi madre le fue solicitado no complicar ya más la
tensa historia familiar, ella educada por largos años a obedecer, concedió en
terminar la relación, pero cuando se la comunicó a mi padre, no sólo no lo
aceptó sino que tomó un camino no previsto por la abuela Consuelo.
En secreto con sólo tres meses de noviazgo decidieron
casarse.
La tía Mary corrió aquella mañana  a conseguirle un vestido color zanahoria a su
hermana mayor  y unas zapatillas a juego,
no iría casi nadie de las familias, pero la decisión estaba tomada.
Cuando mi madre bajaba las escaleras para irse al registro
encontró al novio sujetando la puerta de su casa, quiso saber las razones, pero
él le pidió que se adelantara al registro civil y que pronto llegaría.
Lo que mi madre no sabía es que en ese momento la abuela
Consuelo que ya se había enterado,  con
pistola en mano -según una versión-, quería salir a matar a mi madre.
Pero nada, ni ella ni nadie lo impidió y así un 19 de agosto
de 1974, Ernesto y Conchita se casaron. Ella tenía 29 y él 21 años.
Los comienzos no fueron fáciles a mi padre le faltaban
algunos semestres para terminar la universidad, así que compartió el tiempo
entre el trabajo y la escuela.
Y a los exactamente nueve meses cuando nací yo, también con
sus labores de padre.
Conmigo en brazos buscó la reconciliación con mi abuela
Consuelo que no encontró. Las rencillas familiares se recrudecieron y mi padre
tomó una de las decisiones más sabias, puso tierra de por medio y nos alejó de
todo aquello.
Aceptó un trabajo a mil kilómetros de ahí, en una tierra
lejana y selvática, Chiapas.
Le dijo a mi madre que se iría él primero y cuando
consiguiera alquilar una casa lo alcanzaríamos. Para entonces éramos ya cuatro,
la pequeña Paty llegó a nuestras vidas un 16 de agosto de 1978, era güerita, chapeada
y risueña.
Mi madre no aceptó y dijo que éramos una familia en las
buenas y las malas, así que partimos con dos cajitas de cartón en donde habían
sólo cuatro platos, cuatro vasos y cuatro cucharas, pero todo el amor del
mundo.
Yo no conozco de abandono, nunca lo supe. Ernesto se
convirtió en mi Boris, Conchita en mi princesa y mi hermana en la truchita.
Fuimos cuatro, sólo cuatro durante muchos años en que
estuvimos solos, pero sin recibir las descargas de lo que ellos habían decidido
no heredarnos. En una especie de autoexilio gozoso.
Mi padre condescendió un poco de su marxismo y acompañaba a
mi madre los domingos a misa, aunque hicieron huella las largas noches que en
Ocosingo pasábamos a la luz de las velas hablando sobre historia, sobre
política y economía, mientras mi padre nos explicaba cómo funcionaba el mundo,
así que un día ella dijo que la idea de dios se lleva por dentro y se demuestra
por actos.
 Y todos dejamos de ir
a misa.
Yo no soy religiosa, pero he aprendido del amor, la verdad y
la buena voluntad no por dicho sino por hecho y ejemplo. Ellos son mi religión.
He sido educada por dos seres humanos que son antes que
Boris y Conchita, antes que marxista y monja, antes que todo, padres y a ello
han dedicado su vida.
Tengo el recuerdo de verlos siempre  a lado de mi cama, media noche uno y media
noche el otro, en las vigilas en que el asma no me dejaba dormir.
La imagen de mi padre llorando por dejarme enferma y tener
que irse a la selva por varios días a ganarse el dinero para las medicinas.
La truchita y yo crecimos y somos lo que somos gracias a
ellos y cuando tenemos diferencias nos acordamos que de pequeñas mi madre no
nos levantaba el castigo hasta que hiciéramos las paces, y recordáramos que
antes que todo y encima de todo éramos hermanas.
Hoy hace cuarenta años dieron el sí, el SÍ QUIERO por
el que afortunadamente estamos hoy la truchita y yo en este mundo.
Infinitas gracias desde el fondo del corazón, deben tener la
completa seguridad de que han hecho un papel maravilloso, que la familia que
nos dieron, el ejemplo y el hogar fue el mejor.
Ahora ya no somos sólo cuatro, hace unos días la truchita,
mi querido cuñado Iván y mi sobrino Santiago, hicieron un homenaje a esta unión
y yo con nada puedo pagar el enorme esfuerzo por hacerlo solos.
Yo estoy viviendo muy lejos ahora y no pude estar en persona
aunque me hicieron sentir presente de todas las formas, como siempre infinitas
gracias.
A la distancia sepan que los celebro, que los pienso, que
caminan junto a mí y que siempre están en cada rincón que habito.
Así que a 40 años de ese mágico SÍ, celebramos la vida, el
amor, la familia, la salud, la dicha y la oportunidad de seguir contando días.


Gracias y felicidades Boris y Conchita por cuarenta años de
matrimonio.

viernes, 25 de julio de 2014

A propósito de los aviones…


Mi última terapeuta –de una larga lista-, experta en trabajar con temas postraumáticos me dijo  –entre muchas otras cosas-, en relación a mi último accidente:
-Eres una sobreviviente y tienes que asumirlo y trabajarlo.
La idea me molestaba, me llevaba a pensar en debilidad, en vulnerabilidad; tanto que trabaja uno en la idea de hacerle frente a muchas cosas y luego viene la vida y te sienta de dos cachetadas.
Con regularidad tengo problemas para aceptar las cosas sobre las que nada se puede hacer… -como si pocas fueran las perras-, pero ahí están, viéndote a los ojos. Diciéndote en voces de viejitos de todos los lugares y todos los tiempos:
-No somos nada…
Mi madre remata con aquello cristiano de:
-Uno propone hijita y dios dispone…
Formas varias que tiene la vida para sentarte en un chayote cuando ya te estás pasando de salsita.
Lo segundo que me dijo aquella terapeuta extranjera –muy del tipo hippie de los que se quedan (aún no sé por qué)-, en San Cristóbal:
-Tú sacas valor del miedo, de ahí proviene tu fuerza, aprende a manejarlo…y me enseñó una técnica para usar el día que tuviera que meterme de nueva cuenta al avión que me traería de vuelta a Madrid.
En realidad no era nuevo, siempre he tenido miedo a los aviones.
De toda la vida he soñado con que los veo explotar en el aire, chocar contra una montaña, o hacerse pedazos antes de terminar de despegar;  la sensación que me invade es de un miedo total. Ese sueño comenzó incluso mucho antes de que yo tomara por primera vez un vuelo y me ha perseguido desde entonces.
Así que ya desde antes de que el accidente del autobús me sumara más miedos a los que ya eran míos, éste ya estaba en la lista.
Puedo enumerar las anécdotas que ilustran esta fobia.
Una ocurrió cuando viajaba de la ciudad de México a Lima, Perú. El vuelo iba a hacer escala en Panamá así que tenía que prepararme para dos despegues y dos aterrizajes.
El sitio que me asignaron era en medio de un grupo de tres asientos. He probado varios sitios para ver si alguno me producía menos estrés, pero creo que por lo menos eso en mí, sí es absoluto, no importa donde me meta, el miedo -hasta ahora-, se presenta puntual a la cita.
Cada que sé que voy a volar hago recopilación de las diferentes técnicas teatrales que recuerdo y que pienso me puedan ser de utilidad, busco en ejercicios de respiración, de concentración, de relajación, de distracción, aunque al final siempre termino rezando las tres aves marías que me dijo mi madre que me salvarían de todo.
Si me veo desde afuera pienso que sí he de parecer un “poquito” rara.
Cierro los ojos, la respiración va in crescendo, las manos se me van contrayendo hasta formar puños, intento suavizar los movimientos, pero me descubro murmurando los rezos y mientras me repito que todo va a estar bien y me sincronizo con el avión y su vertiginoso aumento de velocidad –y sobre eso yo no sé por qué a nadie le parece que el sonido que hace es como para pensar que ha llegado el fin del mundo-, mientras todo es ruido y tensión, entreabro los ojos para admirarme de  aquellos que pueden leer o dormir en medio de ese caos, de ese momento previo antes de que todo se juegue en un buen o fatídico despegue.
Todo eso pasa siempre que me repito que ir, andar, conocer,  tiene que ser más fuerte que el miedo a volar.
Nunca, salvo esos casos, me sudan las manos, para entonces se han hecho agua y de pronto…
La sensación absoluta de que se perdió la conexión con la tierra, de ahí en adelante, tú ya no dependes más que de las habilidades científicas y su acertado manejo.
Y es justo en ese momento cuando yo pierdo.
Lo pierdo todo, el control, la respiración, la calma, los rezos, la compostura y salto.
Salto irremediablemente con una fuerza que es más grande que mi vergüenza y que todo lo que pueda contener mi miedo.
En ese viaje salté sobre la mujer de a lado, la abracé sin darle oportunidad de nada. Ella se aferró a mí y empezó a decir cosas para tranquilizarme, me tomó de las manos y habló y habló cosas que no recuerdo hasta que el avión se estabilizó y yo caí en mí, en que todos estaban dando seguimiento con miradas furtivas  a mi caso.
La solté de inmediato.
Era una mexicana que estaba viviendo desde hace un año en Panamá porque su esposo era de ahí. Se habían casado hace no mucho y ella retornaba de sus primeras vacaciones en México.
Grande y robusta, blanca y de sonrisa agradable, tenía el físico de regia, pero no, era chilanga como yo.
Su plática me dio tranquilidad y no fue sino hasta tiempo después que percibí el detalle del rosario apretado entre sus manos. Entonces supe que ella también tenía miedo, pero como se encontró otra más loca que ella, se olvidó de lo suyo y se dedicó a tranquilizarme.
En otra ocasión al volver de La Habana a Cancún, viajaba con mi mejor amiga, pero nuestros asientos estaban separados, en realidad de extremo a extremo, ella en la entrada y yo en la cola.
Es una tontería porque debimos haberle pedido a alguien cambiar de asiento para  que si a uno le da por estrujar sea por lo menos a una conocida.
Esta vez me tocó pasillo, también en un grupo de tres asientos, dos hombres cubanos ocupaban los otros lugares.
Comencé la operación “todo va a estar bien aunque no lo parezca” en la serie conocida, sin importar el orden, cerrar ojos, empuñar, respirar, relajar, rezar y…
Saltar.
Las experiencias sin embargo varían en función del capitalismo “tú lo sabes” y no es lo mismo viajar en una u otra compañía y de entre las que más te hace dudar de que eso no es un –como diría el arqui Mala facha-, microbús con alas, está Cubana,
¡Ay mamacita!
Ahí sí que siente uno la vibra, bueno también en el Viva microbús, pero no era el caso…
Volví a saltar y creo a murmurar los rezos, ahora me costó mucho entreabrir  los ojos, pero pude escuchar que los hombres de un lado se decían el uno al otro:
-Dile algo…
-No, dile tú…
-Ay anda pobrecilla dile tú…
De a poco pude abrir los ojos, pero sin salir del periodo de rigidez que a veces acompaña la crisis. Las azafatas comienzan a circular, la gente platica, y de pronto lo imprevisible en un vuelo: las turbulencias.
Ahí sin previo aviso, sin preparación ni nada, salto y comienzo el protocolo, intento que la respiración no sea muy escandalosa, esto sin lograrlo mucho porque en esa ocasión volví a escuchar a los hombres:
-¡Que le digas algo!
-No. Yo no, mejor dile tú…y cierra la ventana para que no vea nada.
-Joooooo pero está atorada.
-Bueno ponle esto anda que lo que importa es que no vea.
Hemos pasado la zona de turbulencias anuncia el capitán, yo rígida aún, vuelvo a abrir los ojos, poco a poco, vistazo a mi alrededor.
Descubro a los dos hombres viéndome atentamente, con cara de preocupados, sonríen y me dicen:
-¿Tiene miedo?
Yo no sé qué responder, porque para adentro me decía:
Nooooooooooooo hombre, ¿yo miedo? No sé por qué lo dices si yo actúo así siempre…
Alcancé a asentirles muy sutilmente.
-No se preocupe, usted tranquila que nosotros la vamos a cuidar, aquí estamos con usted.
Y para adentro pensaba ¿y eso qué? Si esta madre se cae, ustedes, yo y todos aquí vamos a quedar hechos una papa frita.
Muchas gracias -en tono muy bajo-, alcancé a responderles.
Yo sé que mi deseo de viajar es más fuerte que el miedo a volar, así que he aprendido a aceptar que lo uno viene con lo otro y que en medio de todo están los panchos aéreos que me armo.

La primera vez que escuché en un vuelo que la gente al finalizar el aterrizaje aplaudía, me dio mucha risa, me parecía primitivo, ahora lo entiendo, creo que todos nos subimos a esos animalones asumiendo un riesgo, como todos los que se toman en la vida, y que al aplaudir celebramos la conexión con la tierra, la vuelta, la oportunidad de no ser un número más de las estadísticas.

jueves, 24 de julio de 2014

24-07-2014


Madrid. España.

A mí me pagan por pensar.

“Puedo ponerme humilde y decir…” que no sé por qué, pero pecaría de falsa humildad y no se me da mucho, yo sé bien que de este puerquecito lo que más o menos se salva es la materia gris.
Vivo enamorada de mi cabeza aunque a menudo sea agotador que no se desconecte y siga y sigue y sigue… a pesar del cuerpo, trabajando, trabajando…

Desde junio pasado Luis y yo tuvimos que enfrentar la idea de que después de estar casi todo el tiempo juntos, él tenía que ir a vigilar el valle de Buitrago por si a alguien se le ocurría tirar una colilla y comenzar un incendio.
Planeamos que mientras él trabajaba lejos yo me volvería una cuasi monja de clausura dedicada en cuerpo y alma a mi tesis.
Así que por eso, una vez a la semana él viene a casa y es día de fiesta.
Al terminar su jornada de diez horas baja del valle al pueblo e intercambia el auto que tiene asignado para el trabajo por el suyo.

Es martes.

Comienza el viaje, el suyo y el mío. Momento de dejar lo que estoy haciendo y correr a bañarme, mientras platicamos por teléfono sobre lo que hicimos en el día.
Sí, sí, tenemos puesto el altavoz mientras él conduce y yo me baño, así medimos el tiempo.
Una hora de trayecto de él hasta San Sebastián de los Reyes, debe corresponder a terminar la ducha, lavarme los dientes, ponerme la ropa, maquillarme y ponerme la crema para las rozaduras porque el calor para las redonditas es cruel hasta por en medio de las piernas y yo aprovecho que el primer mundo tiene productos hasta para lo más inimaginable.
Luis ha llegado al hospital Infanta Sofía, es el momento para que yo salga de casa. Vivimos a aproximadamente cuatro pequeñas cuadras del metro Tirso de Molina. Compro el boleto de diez viajes que me cuesta 12.20 euros y espero  -por lo regular después de las nueve los trenes son más espaciados-, ahora mismo tardará ocho minutos según lo anuncia el letrero luminoso.
No sé cómo haré al volver a México donde las esperas del transporte público siempre son inciertas, ahora pienso que quizá aquí se respete el tiempo del otro, ¿así debería ser siempre no?

Su trayecto:

(Línea diez/azul marino)

Hospital Infanta Sofía
Reyes Católicos
Baunatal
Manuel de Falla
Marqués de la Valdavia
La Moraleja
La Granja
Ronda de la Comunicación
Las Tablas
Montecarmelo
Tres Olivos


El mío:

(Línea 1/azul celeste)

Tirso de Molina
Vodafone Sol
Gran vía
Tribunal Bilbao
Iglesia
Ríos Rosas
Cuatro caminos
Alvarado
Estrecho
Tetuán
Valdeacederas
Plaza Castilla
Chamartín
(Cambio a la línea diez)
Chamartín
Begoña
Fuencarral
Tres Olivos

Y el chiste es buscarnos entre la gente, yo sé que debo esconderme un poco del foco de atención pública porque en cuanto él me vea va a correr hasta encontrarme y todos van a voltear a vernos y yo sigo siendo un poco Jacinta. Le he dicho muchas veces que no lo haga, pero creo que es una tontería, cómo voy a evitarle ese gesto, si ya se ve tan poco que el amor corra hacia uno, que bien vale la pena morder un poco el reboso.
Volvemos juntos mientras pensamos qué se nos antoja cenar…

Hoy es jueves día de biblioteca y uno se tiene que procurar las condiciones exactas, para poder concentrarse sólo en aprehender y producir.
Que no duela nada, ni sea incómodo el lugar; que no se esté cansada, ni preocupada;  no comer ni mucho, ni poco; poder dedicar el día entero a ello porque si no la atención se dispersa; traer a la biblioteca los audífonos para crear la atmósfera, entre muchas otras cosas.
Hoy es un buen día salvo porque aquí está de nuevo la mujer del vestido de puntitos rojos a la que según la interpretación de Diana -que el otro día se sumó al día de biblioteca-, le molesta la insistencia de mis uñas sobre el teclado. Yo como soy despistada no me había dado por enterada, hasta que esa vez los puntitos rojos me tocaron el hombro y  dijeron algo en voz baja, que yo no entendí y que hasta ahora sigo sin entender;  luego hizo saber con su silla a Diana que estaba justo detrás de ella, que no estaba tan contenta, nosotros nos reíamos pensando que no era feliz.
Ese día al salir pensamos que quizá es que ellos no están tan acostumbrados a nuestro estridentismo…porque sí, es verdad, yo soy escandalosa hasta cuando pretendo no serlo, escribo remarcando mucho la letra sobre la hoja (hasta sacarme un callo), tecleo, hablo y vivo con la misma fuerza.
He querido vivir con toda la intensidad que me sea posible para cuando intente olvidarme desde el sano juicio de mis tonterías, parricidios y ridículos yo misma me los escupa a la cara.
Voy a comenzar a escribir en tono “académico” que es para lo que me pagan…
”porque ya no es ayer sino mañana”. Luis ha vuelto al valle y esperamos que sucedan rápido los días para volver a buscarnos entre la gente que cambia de andén en Tres Olivos.